Rincón de los escritores

EL ARMARIO DE DANI

de José Manuel Sánchez Gamboa

 

Víctor se servía café, de pie en la cocina, mientras Elena, su mujer, acababa de vestir a su hijo, Dani. Miró su reloj. Iban bien de tiempo, podrían desayunar tranquilos a pesar de la nochecita que les había dado el pequeño de seis años. El rey de la casa, por poco tiempo, ya que Elena estaba embarazada de cinco meses; hizo su aparición en la cocina. Tenía cara de sueño, normal cuando las pesadillas no dejan dormir, y llevaba en sus brazos un ovillo de ropa azul. Elena lo perseguía un tanto enfadada.

 - ... Pero, Dani... El pijama azul te lo pusiste limpio ayer...  ¿Qué manía te ha dado con ponerlo a lavar?

- Al “mostro” no le gusta el azul - replicaba el pequeño con convicción. - Se enrabia más cuando lo llevo.

- ¿Qué hay, enano? - dijo Víctor divertido por la escena - ¿Otra pesadilla?

- Sí. Pero si lavamos mucho el pijama, se convertirá en blanco y el “mostro” no se enfadará tanto y no me hará miedo.

-Vamos a ver... - Víctor echó el pijama en el cesto de la ropa sucia, sentó a Dani en su regazo y le acercó el tazón de leche con cereales.

- ¿Qué pasó anoche?

-Lo de siempre.

- ¿No me lo vas a contar?

Elena los miraba con aire desesperado.

-No lo entretengas mucho o no llegaremos al colegio.

-Venga, enano. Si me lo cuentas, a lo mejor encontramos una solución.

El niño miró a su padre con una chispa de esperanza en sus ojos.

- Se arreglaría con una llave en el armario, como la vuestra.

Víctor pensó en el armario de su dormitorio. Efectivamente, las puertas tenían cerradura, sin embargo, ellos no la usaban nunca, la consideraban un simple añadido en el modelo del mueble.

- Tu armario ya está bien como está. No necesita cerraduras. ¿Qué pasaría si se perdiera la llave y nunca más pudieras abrirlo para coger tus juguetes?, ¿eh?

 Dani removía los cereales sopesando la posibilidad de no jugar más a cambio de que el monstruo permaneciera encerrado de por vida.

 - ¿Pues qué hago?

 - De momento - interrumpió su madre - tomarte los cereales e ir al cole. Ya lo discutiremos esta tarde.

El niño obedeció no muy satisfecho y después fue a buscar su mochila. Elena besó a su marido, cogió el bolso y le comentó:

- Antes de recoger al niño podrías aprovechar y hablar con el psicólogo del colegio. Es la tercera vez esta semana que no duerme bien.

- OK, no te preocupes. Hasta luego, cariño. Que vaya bien - Besó a Dani. - Pórtate bien, enano.

- Adiós, grandullón - contestó el niño.

Tras la marcha de su esposa y su hijo, Víctor recogió los restos del desayuno, se acabó de anudar la corbata y se dirigió a la sucursal bancaria en la que trabajaba. Mientras conducía, reflexionó sobre sus propias pesadillas. Hacía tiempo que no sufría ninguna. Al igual que en Dani, la mayoría se habían manifestado siendo un niño. Se preguntó el porqué. Quizá fuera por el potencial de la imaginación a esa edad. La fuerza de la imaginación que obligaba a taparse hasta la cabeza por miedo a lo que pudiera surgir del fondo del armario o de las profundidades de debajo de la cama.  La misma imaginación que, a medida que nos hacemos mayores, se va extinguiendo. Poco a poco, pierde su poder y queda relegada a una versión descafeinada de lo que fue. Confinada a un rincón de nuestra mente, acorralada por problemas e ideas realistas y veraces; como el aroma de una colonia barata que se disipa lentamente en el aire mientras el líquido aún permanece en la piel.

Sí, esa tarde sin falta, visitaría al psicólogo escolar, pensó Víctor consciente de la vulnerabilidad que podía provocar algo tan poderoso en la mente de un niño pequeño y todavía inseguro.

 

A las siete y media, cuando empezaba a anochecer, Elena llega del trabajo. Dani jugaba en el comedor con su colección de muñecos Defensores de la Galaxia.

- ¿Qué tal ha ido?- preguntó Elena a su marido tras saludar al pequeño.

- Bien, creo... En cierta manera tiene su lógica.

-Vale, vale...- apremiaba una Elena cada vez más impaciente. Entre las pesadillas de su hijo y el embarazo, tampoco descansaba lo suficiente últimamente. – Pero ¿qué te ha dicho?

- Pues que seguramente se trata de un caso de celos.

- ¿Celos?

- Sí, celos. El niño, con el paso de pre-escolar a primero, el cambio de rutina y de profesores nuevos; esta más sensible que de costumbre y Dani es muy espabilado. Aunque sólo tiene seis años, sabe perfectamente que dentro de poco llegará un hermanito más pequeño que requerirá de gran parte de nuestra atención; así que es posible que vaya preparando el contraataque.

Elena reflexionó sobre lo que le contaba Víctor. Tenía sentido y si no hacían algo pronto, cuando naciera el bebé, la cosa iría a peor.

- Dani – prosiguió su marido -sueña con ese monstruo de una manera… ¿cómo te diría?... un tanto voluntaria. Verás... El psicólogo me dijo que es posible que su subconsciente genere esas pesadillas como reclamo de nuestra atención. Para que nos demos cuenta de que todavía es nuestro niño y nos necesita.

- ¿Quieres decir que tiene pesadillas porque las busca? - Preguntó Elena cada vez más atónita.

- Más o menos… No conscientemente, pero sí como estrategia ante lo que está por venir.

- ¿Y qué solución te ha dado?

-Bueno, me ha comentado que se trata de algo habitual en estos casos. Con el tiempo pasará, pero mientras tanto, tenemos que proporcionarle un entorno seguro. Procurar que nos hable de su pesadilla y recurrir a nuestra propia imaginación para buscar estrategias que le permitan defenderse de ella.

-Pero, si es él el que la crea.

-Sí, pero él no lo sabe.

Transcurrió un incómodo silencio en el que ambos pensaban qué hacer.

- ¿Se te ocurre algo? - preguntó finalmente Elena.

- No, la verdad es que no. ¿Qué tal si lo dejamos para mañana? A ver cómo pasa hoy la noche.

 

A las y tres treinta y dos, Dani abrió los ojos. Había escuchado algo que se agitaba en el armario. Clavó su mirada en las puertas del mueble. Se oían arañazos. El “mostro”, como él lo llamaba, rascaba desde el interior. Un gruñido grave provocó en el niño la misma sensación que la de un cubito de hielo deslizándose por su columna vertebral.

La única luz que entraba por la ventana era la de la luna y las farolas anaranjadas de la calle. Al “mostro” le gustaba la oscuridad. Era cuando venía. Cuando lo podía sorprender durmiendo y comérselo a gusto.

El niño se tapó hasta la nariz, paralizado, al percibir que las puertas se entreabrían. Un olor almizclado llenó la estancia como si fuera niebla. Ocho ojos verdes sin pupila, como bombillas de fósforo, aparecieron en la oscuridad. Otro gruñido. Las puertas acabaron por abrirse del todo.

Colmillos.

La mirada de Dani fija en aquella boca inmensa, desproporcionada y llena de dientes como dagas en hileras, como la de los tiburones.

Un ser entre tarántula y lobo emergió caminando despacio sobre un charco de espesa baba.

- Ma... má… - empezó a decir Dani muy bajito.

En dos zancadas, lo tendría encima. Una.

- Mamá...

Dos.

- ¡¡¡Mamáaaaaa!!!

El “mostro” se abalanzó sobre el crío.

A las tres y cuarenta y siete, Dani volvió a abrir los ojos. Se había despertado con su propio grito. La habitación estaba oscura. El “mostro” no estaba. Oyó pasos en el pasillo. Su padre encendió la luz de la mesita de noche.

- ¡Dani, hijo! Ya está - lo abrazo. - Ya pasó, cariño…

El niño lloraba abrazado al pecho de su padre.

- Lle... llevo el pijama rojo… No, no…  no te...  tenía que estar enfa... enfadado.

- Sólo ha sido una pesadilla, enano. Otra pesadilla.

Aquella noche, Dani acabó durmiendo entre Víctor y Elena.

 

A la mañana siguiente, mientras su hijo se vestía como un niño grande, sus padres tomaban una resolución

-Esta tarde los dos tendríamos que hablar con él - dijo Elena. - No puede ser que siga así, acabará por enfermar y ninguno de los tres descansamos lo suficiente.

- Sí, hay que hacer algo. No te preocupes, cariño. Esta tarde lo arreglaremos.

Después de cenar temprano, la familia se reunió en el sofá con la intención de solucionar el problema de Dani.

- ¿Qué Dani? ¿Cómo vamos a dormir esta noche? - abordó Elena sin miramientos.

Su hijo no contestó.

- ¿Te pondrás el pijama rojo? - preguntó Víctor en tono de complicidad.

-Sí… Creo que lo prefiere más que el azul.

- ¿Y por qué crees que le gusta más el rojo que el azul?

-No lo sé. Pero con el rojo me quiere comer menos. Cuando llevo el azul pega más fuerte en el armario.

-Tú sabes que es un sueño, ¿verdad, hijo?- aclaró Elena.

-Sólo cuando me despierto.

Entonces Víctor tuvo una idea.

-Te propongo un plan: ¿Qué haría el Capitán Cosmos si se le apareciera el monstruo?

El Capitán Cosmos era el muñeco líder de los Defensores de la Galaxia.

- Pues... seguramente se iría volando o le daría una paliza  al “mostro”.

- Vale, OK... Y como es un sueño ¿no podrías hacer tú lo mismo?

El niño pensó.

- Lo de volar... me da un poco de miedo porque a veces he soñado que vuelo, y luego me caigo, me despierto y mi cama se mueve como si me hubiera caído de verdad.

Escuchando las palabras de su hijo, Víctor recordó que, alguna vez, él también había soñado con surcar el aire y que caía. Efectivamente cuando despertaba sobresaltado ante la inminencia del golpe, la cama se movía, posiblemente por la contracción involuntaria de todos los músculos de su cuerpo ante la perspectiva del impacto.

- Lo de la paliza... - prosiguió Dani. - Aún soy pequeño... El “mostro” me comería.

- Muy bien. Entonces Le prepararemos una trampa al monstruo.

- ¿Cómo? - preguntaron a la vez madre e hijo.

- Esta noche te leeré el cuento de Peter Pan, un niño que volaba y no sentía miedo al hacerlo. Así sabrás cómo volar sin peligro de caerte cuando aparezca el bicho ése. Y si aparece, lo envías (porque es un sueño y puedes hacerlo) al armario de nuestra habitación. Yo me encargaré de la paliza.

- ¿Y no te da miedo? –

- ¿Miedo?... ¡Ja! Me voy a poner mi pijama azul, y tu madre también, para atraerlo. Juntos, le quitaremos las ganas de volver a aparecer.

- Sí, claro... No os da miedo porque vuestro armario tiene llave y no tendréis que verlo.

- Pues entonces se quedará ahí encerrado para siempre. ¿Qué dices? ¿Aceptas?

Dani dudó un momento.

- ¡Vale, trato hecho! Aquella noche, cumpliendo con lo pactado, Víctor y Elena se pusieron sus pijamas azules y, mientras ella se acostaba, él explicaba a su hijo el cuento de Peter Pan.

 

En mitad de la noche, Víctor abrió los ojos. Se había quedado dormido en la butaca junto a la cama de su hijo, con el cuento de Peter Pan abierto por la mitad en su regazo.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la poca luz que ofrecía la lamparita de la mesita de noche, contempló estupefacto la cama del pequeño vacía.

Dani dormía apaciblemente, soñando que volaba, a dos metros de altura sobre el colchón.

“Estoy soñando”, se dijo Víctor.

Un rugido bestial alertó sus músculos. Sin vacilar, corrió hacia la fuente del ruido inhumano. Las puertas del armario de su dormitorio, las mismas que nunca cerraban con llave, estaban abiertas de par en par.

Sobre la cama, una criatura mitad lobo, mitad araña, lo miraba desafiante desde la profundidad de sus ojos fosforescentes. El cuerpo de Elena yacía bajo las garras de cuatro de los brazos del extraño ser, abierto en canal, en un charco de sangre y vísceras. Con sus otras dos garras, sostenía lo que podía ser el feto de su futuro bebé, mientras lo devoraba.

Si cuando Dani soñaba que volaba, lo hacía en realidad; cuando soñaba con el “mostro”... Víctor no acabó de razonar, la criatura saltó hacia él con las fauces desmesuradamente abiertas.       

 

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